Memorial del Valle de Cuelgamuros
El proyecto de resignificación se produce a través de una suma de operaciones ligadas entre sí que se sitúan en las plataformas exteriores, en el interior de la Basílica, y en distintos lugares del Valle de Cuelgamuros. Lo hacemos con la ambición de fundir en una única obra de arquitectura, de paisaje y artística la resignificación del Conjunto con un proyecto que extraiga de la potencia de este lugar, de su geología, su ecología, su historia —con mayúscula o minúscula, colectiva o personal— y su cultura, los elementos fundamentales para transformarlo en un espacio para la reconciliación y para reivindicar la dignidad de quienes murieron por la guerra y la dictadura.
Este proyecto quiere expresar el repudio a la violencia empleando como elementos fundamentales la percepción del tiempo pasado y la vida siempre renovada por la fuerza de la naturaleza; y quiere manifestarse contra la catástrofe y la tragedia humana que produce la guerra, vindicando a las víctimas, a cada una de ellas y sus circunstancias. La transformación radical de este ceremonial y su entorno tiene la aspiración de engrosar los espacios monumentales que, de manera universal, recuerdan el horror de la guerra, la violencia y el dolor y sufrimiento de sus víctimas.
Las intervenciones que proponemos en distintos lugares del Valle extienden la resignificación del Conjunto al paisaje de su entorno, reuniéndolo como un material fundamental. Estas actuaciones se sitúan en el Vía Crucis, en los ‘poblados’ y en algunos claros, caminos y senderos que enlazan en el bosque estos lugares. Se trata de un conjunto de ‘escenarios’ realizados con plantaciones que no requieren mantenimiento, que están a medio camino entre el artificio del jardín y el natural del bosque, que señalan lugares y configuran espacios, y con elementos más ‘arquitectónicos’ construidos con los restos pétreos y arqueológicos que surgirán de las excavaciones —toneladas de piedra y restos de enseres diversos— que requiere la obra del Centro de Interpretación. Configuran figuras primitivas, arquetípicas, que también cambiarán con el tiempo. Se deteriorarán y se arruinarán. Estas rocas de granito y gneis son las mismas que se extrajeron del interior del risco durante la excavación de la Basílica y que se depositaron para formar las plataformas. Ahora encuentran otro destino.
Mediante una intervención topográfica y vegetal que incluye al propio Centro de Interpretación, las plataformas se transformarán en espacios ‘vegetales’ que reinterpretan las condiciones naturales previas a la construcción del Monumento. Pero no pretendemos volver atrás en el tiempo, que disolvería la memoria. Queremos darle a este lugar una vida renovada, incorporando la fortaleza siempre cambiante de la pulsión del mundo. Estos espacios ‘naturales’ alterarán la experiencia de los recorridos que culminan en la Basílica; restarán presencia a la Cruz —que a veces se solo intuirá entre las copas de los árboles—; configurarán un lugar sombreado más íntimo y propicio para el caminar reflexivo; construirán una escala intermedia entre el territorio y un ‘jardín sanador’; y pondrán en valor el ‘suelo’, el terreno, nuestro soporte básico, como depositario fundamental del tiempo y la memoria. Bajo este suelo, el Centro de Interpretación se proyecta como una ‘gruta’, que también oscila entre lo natural y lo artificial, lo telúrico y el sol.
El Centro de Interpretación se puede asimilar a la de aquellas canteras italianas formidables, de las que aún quedan ejemplos valiosísimos —como las de Siracusa Ragusa—. Aquellos espacios son la consecuencia de la extracción de material de cantería empleado para la construcción de otras obras de arquitectura o infraestructura. Es decir, el espacio es un resto —lo que quedó vacío tras la extracción— configurado sin una intención arquitectónica. El proyecto del Centro de Interpretación, que se encuentra semienterrado, pretende tener ese carácter ‘grutesco, pero no romántico ni pintoresco’, intensamente tectónico, en el que hay espacios oscuros y otros luminosos, unos claramente interiores y otros casi exteriores, que se relaciona fácilmente con la condición geológica del Monumento.
Es una ‘construcción topográfica’ un landform building, que no altera la configuración formal del monumento, que se sitúa donde el impacto ambiental y visual es menor, que se incorpora fácilmente a los recorridos del Conjunto; y que alberga unas Salas que tienen el recogimiento necesario para una buena museografía, pero que, además, ofrecen una visión del Monumento desde una posición rasante que lo enlaza con su soporte telúrico.
En el interior de la Basílica proponemos una estrategia hermana de la empleada en la Esplanada. La emergencia de un nuevo suelo, continuo y horizontal desde el acceso hasta el ámbito destinado en ocasiones al culto religioso. Algunos restos pétreos vuelven de nuevo al interior de la Basílica, y en las capillas, a modo de ofrendas, aparecen pequeñas y luminosas formas vegetales que aluden al exterior. En el crucero, una “sarga de luz” envuelve el altar para ocultarlo o subrayarlo en distintos momentos. Su forma cilíndrica, suspendida en el aire, es capaz de transformar la percepción y el uso de ese espacio de manera radical. Cuando la sarga de despliega, el crucero se convierte en un deambulatorio, el tambor de hebras de aluminio recibe luz rasante y se hace sólido. Cuando se repliega, configura un retablo dorado de luz para las celebraciones religiosas. No se trata de secularizar el espacio, es, más bien, como diría Michael Taussig, una “forma de transformación permanente de lo grave”. No queremos poner ‘Atenas contra Esparta’, sino, como dice Mónica Ferrando, entender de otro modo la Arcadia.








































































































